Me voy con los salvajes

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Parece Invernalia, pero es el Mont Blanc. Imagen de Visavis

Siempre he tenido predilección por las novelas en las que hace mucho frío. Disfrutar de una tormenta de nieve desde la comodidad del catre o del sillón orejero es uno de los grandes placeres que nos puede ofrecer la palabra escrita. La saga Canción de hielo y fuego es un refrigerador literario que te mantiene fresquito incluso en el peor de los veranos.

Otro de los grandes placeres que, hasta ahora, proporcionaba esta saga, era una suerte de clarividencia sádica que los lectores utilizábamos contra los espectadores de Juego de Tronos. Saber qué personajes mueren, en qué momento y de qué forma le convertía a uno en una suerte de oráculo malvado que se regodea mientras contempla cómo familiares y amigos invierten emoción en personajes que la van a palmar.

¡Ay mísero de mí, ay infelice! Ahora la serie de televisión se adelanta a las novelas. Un año llevan ya los salvajes al asedio, arrojándome spoilers por encima de la muralla. He resistido hasta ahora, pero ya no puedo más. Mi reina ha decidido cambiar capa literaria por televisiva y esa fue la gota que colmó el vaso. El hambre se puede aguantar, pero lo del celibato catódico ya es demasiado.

A medida que la televisión cobra fuerza a la hora de crear tramas complejas y muchos autores crean guiones en lugar de obras literarias, nuestra sociedad evoluciona a una suerte de narrativa similar a lo que algunos expertos denominan transmedia: creación a través de canales múltiples que conforman un gran ecosistema de ficción. Desde los tiempos de la radio hemos aprendido que una forma de expresión cultural no extingue a la otra; ambas se especializan.

Así que, ante el trasvase de lo escrito a lo televisado tengo dos opciones:  seguir atrincherado y perderme la diversión o tirarme al fango y desertar antes de que me lleven al cepo. He decidido optar por lo segundo, ya que en esta vida es importante defender la literatura sin convertirse en un extremista cultural; ya volveré a los libros cuando el hombrecillo malvado que tienen por autor decida publicar el siguiente volumen de una maldita vez. Me voy de excursión con los salvajes; las llaves del castillo quedan debajo de la maceta.

Sinfonía de la noche

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‘Amor y dolor’, de Edvard Munch. Imagen extraída de Wikimedia Commons.

Cuando utilizaba el tren para ir al trabajo, me fijaba en lo que leían los pasajeros. Ver a tres o más desconocidos con el mismo libro equivalía, según mis observaciones, a un título que convendría conocer por su inminente asalto a la cultura pop. Desafortunadamente, la primera obra que confirmó esta teoría fue Crepúsculo: una saga que tuvo como daño colateral una de las películas más desternillantes sobre vampiros y hombres lobo que hayan existido.

Como todo tiene su opuesto, existe desde hace décadas, una suerte de contrarreforma vampírica que, presta a saciar apetitos más conservadores, no interrumpió la producción de criaturas de la noche dispuestas a seguir comiéndose a la gente. Criaturas que, por lo menos, tienen la decencia de seguir muriendo tras una sesión de spa que incluya ajo, estacas, balas de plata y bronceado. Salem’s Lot, novela en la que un solo bicho pone en jaque a un pueblo, o la última transición narrativa de un videojuego a serie de animación como Castlevania, son una pequeña parte de las contramedidas al alcance de cualquier parroquiano que aborrezca el vampirismo cool.

En el caso de Castlevania, el interesante guión de Warren Ellis nos regala una curiosa relectura de Drácula, representando a Vlad Tepes como un vampiro enclaustrado, amante de la ciencia y el conocimiento, que se enamora de una mujer ilustrada y adelantada a su tiempo. Por desgracia, la mujer de Drácula muere a manos del Obispo de Gresit, un clérigo corrupto que la quema por bruja, desatando la ira del vampiro sobre toda Valaquia. Trevor Belmont, último descendiente de una familia dedicada a combatir cualquier amenaza sobrenatural, tendrá que decidir si, a pesar del ostracismo mostrado por sus compatriotas, debe salvarles del no muerto.

El terror se alimenta de lo desconocido. Se mueve por senderos no transitados. Por eso, cada metro que ocupamos modifica la sinfonía de la noche. Nos acerca más a seres antropófagos que se vuelven vegetarianos y a vampiras que no comprenden por qué los millennials que se van a merendar tiene más selfies en el móvil que miedo a los colmillos. La humanidad ha pasado de temer a la oscuridad a convertirse en el monstruo más cruel que acecha en ella.

Es por ello que, tal vez, criticar a vampiros que brillan al sol y controlan su libido sea un chiste fácil. Los mitos evolucionan con los cambios que se producen en nuestra cultura. Refunfuñar sobre literatura adolescente tiene, además, un lado peligroso. Cuenta la leyenda que si protestas sobre moderneces durante una noche de luna llena, quedarás transformado en Javier Marías para siempre.