Jugar con vidas

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Una imagen de Perth Productions

Imaginen el siguiente escenario como argumento para un cuento distópico: en un país occidental, los ciudadanos están obligados a endeudarse. En este país, la deuda ha reemplazado a la palabra de honor para medir la capacidad de compromiso de una persona. Así pues, todo lo que un ciudadano pague o deje sin pagar quedará registrado.

Como los frigoríficos o el ganado, cada ciudadano tendría un número que indica la calidad de su compromiso. Dicho número será consultado por bancos, empleadores e incluso futuros cónyuges para decidir su futuro con esa persona.

Tener una mala cifra en este país puede bloquear el acceso a préstamos, alejar al ciudadano de un buen puesto de trabajo o incluso arruinar su vida sentimental. En nuestra distopía, los números no están gestionados por el Estado, sino por unas pocas empresas. El futuro de millones de personas, en manos de organizaciones privadas.

Por supuesto, hay pequeños controles. No se puede acceder a estos datos de forma indiscriminada. Hasta que un buen día, una de esas empresas que preservan la intimidad de la cartera tiene una gran brecha: millones de ciudadanos se enteran de que su vida financiera ha sido robada.

La capacidad de despertar tras una ficción es la gran virtud de la misma. Por desgracia, no hay alivio para este cuento. Con matices, lo que les he contado está pasando de verdad. En Estados Unidos, una brecha de seguridad en Equifax ha dejado la información financiera de millones de personas expuesta. Entre dicha información se incluye el credit score o puntuación de crédito, ese número que aparece en el cuento. Para empeorar la situación, un conjunto de cifras mucho más importante también ha quedado expuesto: el Número del Seguro Social.

Para hacerse a la idea de la importancia que tiene, no piensen en el Seguro Social como si fuera un DNI. Imaginen que se parece más al PIN de su tarjeta de crédito. Un código que sirve para  tratar con bancos, agencias de crédito y el Gobierno. La mención de este número abre la puerta a gran cantidad de operaciones. Por eso, los estadounidenses siempre procuran mantenerlo en secreto, ya que revelarlo a la persona equivocada puede desembocar en un caso de estafa o robo de identidad.

Que datos tan sensibles estén en manos de una organización ajena al Estado puede levantar más de una ceja y promover un debate interesante. Que una empresa a cargo de esos datos tan sensibles no los proteja adecuadamente y no informe de su robo hasta varias semanas después, equivale a jugar con vidas. La estimación de la cantidad total que Equifax puede tener que pagar en indemnizaciones es, de momento, incalculable. Las consecuencias de este robo de datos para las personas afectadas pueden ser monstruosas.

Podemos utilizar varias caras del prisma para arrojar algo de luz sobre un problema de este tipo. Por una parte: es necesario reconsiderar los efectos y la importancia que una cifra como el credit score pueden tener en una sociedad democrática. Por otra e incluso si aceptamos la razón de ser de este tipo de sistemas, no se puede permitir que los mercaderes de los datos sean tan irresponsables con los mismos.

Equifax se merece que la ley le aplique un castigo severo. A fin de cuentas, el capitalismo no tiene piedad para los comunes. ¿Por qué habríamos de tenerla para las corporaciones que no hacen bien su trabajo?

Si es la primera vez que oye usted hablar del credit score, sepa que en las brumas de nuestro mercado también se mueven criaturas parecidas. A fin de cuentas, ¿cómo creen que se llama la empresa que controla el principal fichero de morosos de España? La respuesta es: Equifax Ibérica. Que tengan dulces sueños.

Aprenda economía. Aprenda a decir “no”

foto de bolsa
Bolsa de São Paulo. Rafael Matsunaga

El cuento trata de un hombre llamado Retórico, que llega a una tierra donde sus habitantes no se comunican a través del habla. Enamorado de su propia voz, Retórico impone un régimen dictatorial a los nativos donde su palabra, por ser única, tiene valor de ley. El cuento tiene su desenlace cuando los nativos, tras meses de aprendizaje secreto, le dicen “no” a Retórico. Una sola palabra destrona al dictador. En El origen del planeta de los simios, César, futuro monarca de una nación de primates evolucionados, aprende el idioma de la humanidad. La primera palabra que articula en la película es, también, el “no”.

Para derribar al opresor hay que comprender los códigos que utiliza. Tal vez por eso quienes dominan las instituciones que gobiernan la economía se pirran por los anglicismos y los vocablos esotéricos; campo abierto para que el comercial de turno nos cuele acciones preferentes o una hipoteca que no finalizará hasta dentro de cinco eones. Aprender economía es lo único que nos permitirá decir que no cuando llamen a la puerta en mitad de la noche.

El primer obstáculo que puede encontrarse el revolucionario novicio tiene que ver con la abundancia panfletaria generada por el dictador. La sabiduría económica convencional está invadida por el capitalismo. Hasta una ceja arqueada se considera barbarie roja por los popes del mercado. Conviene, sin embargo, arrojarse al foso sin miedo, pues sólo cuando nuestra vista se habitúa a la oscuridad podemos empezar a buscar una salida.  El mejor tomo para comenzar a estudiar sobre economía será, pues, aquel que nos resulte más accesible. Ya aprenderemos a separar la paja del grano.

Hay autores que intentan prescindir de la aridez en las explicaciones. Sea quien sea el estudioso que escoja usted para iniciarse, no se olvide de revisar expediente y bando antes de arrojarse a los brazos del divulgador; le permitirá localizar la información valiosa e ignorar el catecismo. Lea mucho, lea sin temor, lea al enemigo. Pero no se olvide de las lealtades y objetivos de la persona a la que está leyendo.

Aprendamos, pues, economía. Aprendamos a decir “no”. Tal vez no hayamos podido elegir un sistema educativo que nos interna en la jungla sin armas; pero en la era de internet y el intercambio de cultura, podemos aprender algo de autodefensa y utilizar el poder liberador de negarse ante unas élites que intentan, cada día, convertirnos en un rebaño de ovejas asertivas.