Jugar con vidas

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Una imagen de Perth Productions

Imaginen el siguiente escenario como argumento para un cuento distópico: en un país occidental, los ciudadanos están obligados a endeudarse. En este país, la deuda ha reemplazado a la palabra de honor para medir la capacidad de compromiso de una persona. Así pues, todo lo que un ciudadano pague o deje sin pagar quedará registrado.

Como los frigoríficos o el ganado, cada ciudadano tendría un número que indica la calidad de su compromiso. Dicho número será consultado por bancos, empleadores e incluso futuros cónyuges para decidir su futuro con esa persona.

Tener una mala cifra en este país puede bloquear el acceso a préstamos, alejar al ciudadano de un buen puesto de trabajo o incluso arruinar su vida sentimental. En nuestra distopía, los números no están gestionados por el Estado, sino por unas pocas empresas. El futuro de millones de personas, en manos de organizaciones privadas.

Por supuesto, hay pequeños controles. No se puede acceder a estos datos de forma indiscriminada. Hasta que un buen día, una de esas empresas que preservan la intimidad de la cartera tiene una gran brecha: millones de ciudadanos se enteran de que su vida financiera ha sido robada.

La capacidad de despertar tras una ficción es la gran virtud de la misma. Por desgracia, no hay alivio para este cuento. Con matices, lo que les he contado está pasando de verdad. En Estados Unidos, una brecha de seguridad en Equifax ha dejado la información financiera de millones de personas expuesta. Entre dicha información se incluye el credit score o puntuación de crédito, ese número que aparece en el cuento. Para empeorar la situación, un conjunto de cifras mucho más importante también ha quedado expuesto: el Número del Seguro Social.

Para hacerse a la idea de la importancia que tiene, no piensen en el Seguro Social como si fuera un DNI. Imaginen que se parece más al PIN de su tarjeta de crédito. Un código que sirve para  tratar con bancos, agencias de crédito y el Gobierno. La mención de este número abre la puerta a gran cantidad de operaciones. Por eso, los estadounidenses siempre procuran mantenerlo en secreto, ya que revelarlo a la persona equivocada puede desembocar en un caso de estafa o robo de identidad.

Que datos tan sensibles estén en manos de una organización ajena al Estado puede levantar más de una ceja y promover un debate interesante. Que una empresa a cargo de esos datos tan sensibles no los proteja adecuadamente y no informe de su robo hasta varias semanas después, equivale a jugar con vidas. La estimación de la cantidad total que Equifax puede tener que pagar en indemnizaciones es, de momento, incalculable. Las consecuencias de este robo de datos para las personas afectadas pueden ser monstruosas.

Podemos utilizar varias caras del prisma para arrojar algo de luz sobre un problema de este tipo. Por una parte: es necesario reconsiderar los efectos y la importancia que una cifra como el credit score pueden tener en una sociedad democrática. Por otra e incluso si aceptamos la razón de ser de este tipo de sistemas, no se puede permitir que los mercaderes de los datos sean tan irresponsables con los mismos.

Equifax se merece que la ley le aplique un castigo severo. A fin de cuentas, el capitalismo no tiene piedad para los comunes. ¿Por qué habríamos de tenerla para las corporaciones que no hacen bien su trabajo?

Si es la primera vez que oye usted hablar del credit score, sepa que en las brumas de nuestro mercado también se mueven criaturas parecidas. A fin de cuentas, ¿cómo creen que se llama la empresa que controla el principal fichero de morosos de España? La respuesta es: Equifax Ibérica. Que tengan dulces sueños.

Contra la jauría

Vigilia en Charlottesville
Una imagen de la vigilia por la muerte de Heather Heyer. Imagen de Michael Sessum.

Se que están ahí. Ya existían antes que la red, pero la tecnología les ha brindado una capacidad de movilización sin precedentes. La invención que nos libera siempre porta un eslabón de las cadenas que podrían esclavizarnos; por eso, mientras soñábamos con más libertad y tolerancia, ellos fueron creciendo a la sombra.

Como buen grupo de cobardes, la violencia colectiva les embriaga. Tal vez les haya visto. Son los que insultan a mujeres en Twitter, los que fletan barcos para impedir el rescate de refugiados, los racistas que sueñan con dar palizas en mitad de la noche. Qué buenas personas son en casa, qué amables con la prensa. Pero a mi no me engañan: tras el disfraz de persona acecha la jauría. En la red, hace años que les escucho aullar.

La jauría es enemiga de las buenas intenciones. Publique usted cualquier texto con aspiración progresista, solidaria o igualitaria.  Solo tiene que dejar abierta la sección de comentarios y afinar el oído; pronto estarán salivando ante su puerta. El ejemplo tendría su gracia si no fuera trágicamente real. Mientras usted lee esta columna hay mujeres preguntándose si de verdad merece la pena escribir 140 caracteres para recibir cientos de amenazas de muerte en los primeros tres minutos.

La jauría es cada vez más violenta porque la están acorralando. Utilizan la ira, pero ahora no saben qué hacer con todo el miedo que tienen. Presumen de filas prietas en desmanes como la protesta de Charlottesville, un horror televisado en el que Heather Heyer, una comprometida activista y asistente legal, fue asesinada durante un atropello intencionado. La web neonazi Daily Stormer publicó un texto mofándose de la víctima con una impiedad que induce a la náusea. Ahora, no hay empresa que quiera alojar su portal.

Y cómo ladran. No encajan que el capitalismo les mire de reojo. Resulta que esos seres a los que ellos consideran risibles, inferiores, también compran. El sistema tolera muertes, pero no digiere bien que la gente deje de pagar por asco. Por eso las compañías están empezando a luchar contra la discriminación por sexos. Por eso ahora burlarse del diferente puede llevar al despido. Dicen algunos que no deja de ser cinismo. Yo no dejo de pensar en la oportunidad que supone.

El interés humano y el comercial suelen transitar por diferente carretera, pero ahora estamos entrando en un gran cruce. Tal vez sea el mejor momento para el combate ideológico, para borrar del mapa el veneno de la intolerancia, que lleva tanto tiempo matándonos. Si dos bandos consideran que sobra un tercero, ¿Qué creen ustedes que pasará con la jauría? Pregunte a los zelotes del mercado financiero; tal vez le sorprenda la respuesta.

Circo y dopaje

Relieve de Ícaro
La caída de Ícaro. Reproducción de Wmpearl.

Las siestas del Tour de Francia eran las mejores. Mientras mi madre y hermano seguían la evolución de las jornadas con fervor religioso, yo me entregaba a los brazos de morfeo en unos sueños tan profundos como el espacio. La mente es maravillosa: me duermo con los ciclistas y me emociono con un campeonato de curling.

El dopaje es, sin embargo, un tema que me interesa. Por desgracia para sus profesionales y aficionados, el ciclismo ha tenido trágicos capítulos en ese cuento perverso que intenta fabricar mitos y  producir a dioses en serie. Da igual que hablemos de literatura, cine, deportes o incluso pornografía: la raíz está en esa necesidad tan humana de ver cómo el cuerpo sobrepasa cualquier límite y, en el caso del ciclismo, ha sido una plaga.

A Bryan Foguel le gustaba el ciclismo. Bryan Foguel quería saber lo que se siente ganando a toda costa y filmó Ícaro, un documental que se puede ver en Netflix. Al principio, la historia era simple: conseguir doparse, sin ser detectado, para obtener una buena posición en la Haute Route, una de las competiciones para aficionados más duras del mundo. Para ello, Foguel se pondrá en contacto con el doctor Grigory Rodchenkov, personaje de lo más heterodoxo y casi cómico que guiará a Foguel por el calendario de dopaje y le asistirá para superar los controles.

Durante los primeros 40 minutos, el documental no parece más que una versión casera del periodismo Gonzo más clásico: asistimos a los esfuerzos de Foguel por convertirse en superhombre. Pero entonces surge el escándalo: Comienzan las sospechas de que el Gobierno ruso tiene en marcha un programa de dopaje para dar ventaja a sus atletas. El doctor Rodchenkov está implicado y sabe que solo hay una salida para conservar el pellejo: escapar.

Es entonces cuando Rodchenkov abre su libro favorito: 1984 de George Orwell y Foguel le chuta los esteroides al documental. Espionaje, asesinato, Guerra Fría, corrupción, deporte, lazos de amistad. Es como si un vídeo casero se transformase de golpe en una superproducción de Hollywood; la transición es tan violenta, el mensaje es tan devastador y la fusión con el texto de Orwell es tan virtuosa que al final tendremos la sensación de que al deporte olímpico le han tirado una bomba. Ante nosotros, el páramo.

Toda utopía lleva en su corazón la distopía en la que se puede convertir. Queremos que nuestros ídolos vayan más lejos, peguen más fuerte, vuelen más alto. Queremos verles sufrir y superarlo. Tal vez una de las mejores maneras de luchar contra el dopaje sea un buen examen de conciencia. Es posible que mirarnos al espejo lleve al antídoto que necesitamos. En el pasado bromeaba con la gran diferencia entre el deporte moderno de masas y el circo romano: nuestros gladiadores no mueren, ni son esclavos. Ahora me pregunto: ¿Y si la gran diferencia consistiera en que mueren un poquito más despacio? Si la situación empeora y seguimos pidiendo sangre para saciar nuestro televisor, ¿hasta cuándo podremos distinguir entre el deportista y el esclavo?

Manual para una democracia en peligro

Democracia en papelera
Puede depositar su voto aquí. Imagen de Nico Hogg

Es posible que hayan leído algo sobre el defecto de LexNET, una plataforma gestionada por el Estado que abogados y procuradores de toda españa están obligados por ley a utilizar para enviar cualquier escrito al sistema de Justicia. LexNet tenía un agujero tan grave como dejar abierta la puerta de casa. Miles de personas con la llave para borrar, modificar y consultar cualquier documento enviado por cualquier representante legal.

Se supone que la vulnerabilidad solo pudo ser explotada durante unas horas, aunque en ausencia de una investigación independiente sobre lo ocurrido no hay ninguna manera de verificarlo. Tomen buena nota los que llaman exagerados a los evangelistas del uso de software libre en toda la Administración: si no podemos ver el código, no podremos descubrir si nos mienten.

La gran pifia, que por sí sola daría para una columna tres veces más extensa, no es sino otro síntoma de una España cada vez más enferma. Como hacer este tipo de aseveraciones conduce a que le intenten encasquetar a uno la camisa de fuerza, procuraré escribir lo más rápido posible mientras llegan los muchachotes para meterme de cabeza en la ambulancia: considero que nuestra democracia está en peligro.

Antes de que usted también me traiga las sales, tómese un momento para reflexionar sobre la situación de nuestro país: élites económicas y herederos del franquismo controlando los destinos de una población amenazada por el desempleo y la crisis. Juicios que equiparan a humoristas y actores con defensores del terrorismo, prácticas de vallado y tiro al blanco en la frontera; fanáticos religiosos al mando de ministerios. Apellidos compuestos en consejos de administración cargados de testosterona, pobreza laboral y el capitalismo de amiguetes como rueda de molino en desayuno. comida y merienda.

La sintomatología, que es preocupante, no puede sino agravarse merced al buen hacer del cómplice imprescindible: unos medios de comunicación en militancia perpetua, enterrados sus principios democráticos sobre una gran montaña de publicidad institucional. Toda una saga que ríase usted de Falcon Crest, con periodistas mal pagados y perseguidos con saña, condenados a una vida de precariedad mientras escriben el siguiente artículo sobre los espectaculares datos del paro y quedan a la espera de que los popes les maquillen el titular.

¿Y qué ha sido del pueblo soberano? Acusado por unos de vagancia indolente y por otros de hacer apología de la sedición, se agita bajo las sábanas como el prisionero que se culpa a sí mismo por estar sometido a torturas. Nos llevan por la selva o nos internan en los campos. Como si fuéramos el nuevo Prometeo, nos acusan de robar el fuego sagrado y se ríen de nosotros por amar al águila que nos devora las entrañas.

No se preocupe, que esta reflexión no termina pidiéndole que coja el fusil. En vez de eso, péguese unos años sabáticos hasta que llegue la nueva cita con las urnas y disfrute del cuento al revés que han escrito para nosotros. Sea posmoderno y llévese las obras completas de Tolstoi al botellón, practique el hedonismo disciplinado y evite la austeridad por encima de sus posibilidades. Preocúpese por la política como si de verdad le importara; sea tacaño en obediencia y pródigo en rebelión; viaje para regresar a casa más burro y necio de lo que era antes. Cuídese mucho e ignore a los que no quieran que lo haga; ame y odie por encima de lo políticamente correcto. Cuando haya experimentado todo eso, luego vaya a votar. Tal vez acabemos por tener un golpe de suerte y esta vez gane Goldman Sachs.

Me voy con los salvajes

imagen montblanc
Parece Invernalia, pero es el Mont Blanc. Imagen de Visavis

Siempre he tenido predilección por las novelas en las que hace mucho frío. Disfrutar de una tormenta de nieve desde la comodidad del catre o del sillón orejero es uno de los grandes placeres que nos puede ofrecer la palabra escrita. La saga Canción de hielo y fuego es un refrigerador literario que te mantiene fresquito incluso en el peor de los veranos.

Otro de los grandes placeres que, hasta ahora, proporcionaba esta saga, era una suerte de clarividencia sádica que los lectores utilizábamos contra los espectadores de Juego de Tronos. Saber qué personajes mueren, en qué momento y de qué forma le convertía a uno en una suerte de oráculo malvado que se regodea mientras contempla cómo familiares y amigos invierten emoción en personajes que la van a palmar.

¡Ay mísero de mí, ay infelice! Ahora la serie de televisión se adelanta a las novelas. Un año llevan ya los salvajes al asedio, arrojándome spoilers por encima de la muralla. He resistido hasta ahora, pero ya no puedo más. Mi reina ha decidido cambiar capa literaria por televisiva y esa fue la gota que colmó el vaso. El hambre se puede aguantar, pero lo del celibato catódico ya es demasiado.

A medida que la televisión cobra fuerza a la hora de crear tramas complejas y muchos autores crean guiones en lugar de obras literarias, nuestra sociedad evoluciona a una suerte de narrativa similar a lo que algunos expertos denominan transmedia: creación a través de canales múltiples que conforman un gran ecosistema de ficción. Desde los tiempos de la radio hemos aprendido que una forma de expresión cultural no extingue a la otra; ambas se especializan.

Así que, ante el trasvase de lo escrito a lo televisado tengo dos opciones:  seguir atrincherado y perderme la diversión o tirarme al fango y desertar antes de que me lleven al cepo. He decidido optar por lo segundo, ya que en esta vida es importante defender la literatura sin convertirse en un extremista cultural; ya volveré a los libros cuando el hombrecillo malvado que tienen por autor decida publicar el siguiente volumen de una maldita vez. Me voy de excursión con los salvajes; las llaves del castillo quedan debajo de la maceta.

Aprenda economía. Aprenda a decir “no”

foto de bolsa
Bolsa de São Paulo. Rafael Matsunaga

El cuento trata de un hombre llamado Retórico, que llega a una tierra donde sus habitantes no se comunican a través del habla. Enamorado de su propia voz, Retórico impone un régimen dictatorial a los nativos donde su palabra, por ser única, tiene valor de ley. El cuento tiene su desenlace cuando los nativos, tras meses de aprendizaje secreto, le dicen “no” a Retórico. Una sola palabra destrona al dictador. En El origen del planeta de los simios, César, futuro monarca de una nación de primates evolucionados, aprende el idioma de la humanidad. La primera palabra que articula en la película es, también, el “no”.

Para derribar al opresor hay que comprender los códigos que utiliza. Tal vez por eso quienes dominan las instituciones que gobiernan la economía se pirran por los anglicismos y los vocablos esotéricos; campo abierto para que el comercial de turno nos cuele acciones preferentes o una hipoteca que no finalizará hasta dentro de cinco eones. Aprender economía es lo único que nos permitirá decir que no cuando llamen a la puerta en mitad de la noche.

El primer obstáculo que puede encontrarse el revolucionario novicio tiene que ver con la abundancia panfletaria generada por el dictador. La sabiduría económica convencional está invadida por el capitalismo. Hasta una ceja arqueada se considera barbarie roja por los popes del mercado. Conviene, sin embargo, arrojarse al foso sin miedo, pues sólo cuando nuestra vista se habitúa a la oscuridad podemos empezar a buscar una salida.  El mejor tomo para comenzar a estudiar sobre economía será, pues, aquel que nos resulte más accesible. Ya aprenderemos a separar la paja del grano.

Hay autores que intentan prescindir de la aridez en las explicaciones. Sea quien sea el estudioso que escoja usted para iniciarse, no se olvide de revisar expediente y bando antes de arrojarse a los brazos del divulgador; le permitirá localizar la información valiosa e ignorar el catecismo. Lea mucho, lea sin temor, lea al enemigo. Pero no se olvide de las lealtades y objetivos de la persona a la que está leyendo.

Aprendamos, pues, economía. Aprendamos a decir “no”. Tal vez no hayamos podido elegir un sistema educativo que nos interna en la jungla sin armas; pero en la era de internet y el intercambio de cultura, podemos aprender algo de autodefensa y utilizar el poder liberador de negarse ante unas élites que intentan, cada día, convertirnos en un rebaño de ovejas asertivas.

Sinfonía de la noche

imagen de vampiro
‘Amor y dolor’, de Edvard Munch. Imagen extraída de Wikimedia Commons.

Cuando utilizaba el tren para ir al trabajo, me fijaba en lo que leían los pasajeros. Ver a tres o más desconocidos con el mismo libro equivalía, según mis observaciones, a un título que convendría conocer por su inminente asalto a la cultura pop. Desafortunadamente, la primera obra que confirmó esta teoría fue Crepúsculo: una saga que tuvo como daño colateral una de las películas más desternillantes sobre vampiros y hombres lobo que hayan existido.

Como todo tiene su opuesto, existe desde hace décadas, una suerte de contrarreforma vampírica que, presta a saciar apetitos más conservadores, no interrumpió la producción de criaturas de la noche dispuestas a seguir comiéndose a la gente. Criaturas que, por lo menos, tienen la decencia de seguir muriendo tras una sesión de spa que incluya ajo, estacas, balas de plata y bronceado. Salem’s Lot, novela en la que un solo bicho pone en jaque a un pueblo, o la última transición narrativa de un videojuego a serie de animación como Castlevania, son una pequeña parte de las contramedidas al alcance de cualquier parroquiano que aborrezca el vampirismo cool.

En el caso de Castlevania, el interesante guión de Warren Ellis nos regala una curiosa relectura de Drácula, representando a Vlad Tepes como un vampiro enclaustrado, amante de la ciencia y el conocimiento, que se enamora de una mujer ilustrada y adelantada a su tiempo. Por desgracia, la mujer de Drácula muere a manos del Obispo de Gresit, un clérigo corrupto que la quema por bruja, desatando la ira del vampiro sobre toda Valaquia. Trevor Belmont, último descendiente de una familia dedicada a combatir cualquier amenaza sobrenatural, tendrá que decidir si, a pesar del ostracismo mostrado por sus compatriotas, debe salvarles del no muerto.

El terror se alimenta de lo desconocido. Se mueve por senderos no transitados. Por eso, cada metro que ocupamos modifica la sinfonía de la noche. Nos acerca más a seres antropófagos que se vuelven vegetarianos y a vampiras que no comprenden por qué los millennials que se van a merendar tiene más selfies en el móvil que miedo a los colmillos. La humanidad ha pasado de temer a la oscuridad a convertirse en el monstruo más cruel que acecha en ella.

Es por ello que, tal vez, criticar a vampiros que brillan al sol y controlan su libido sea un chiste fácil. Los mitos evolucionan con los cambios que se producen en nuestra cultura. Refunfuñar sobre literatura adolescente tiene, además, un lado peligroso. Cuenta la leyenda que si protestas sobre moderneces durante una noche de luna llena, quedarás transformado en Javier Marías para siempre.

Trazando planes

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Imagen: Flickr | Michael Cordedda

Los humanos mejoran; los humanos aprenden. Mientras duermen, infinidad de sistemas y algoritmos luchan unos contra otros en una batalla contrarreloj por dominar instituciones humanas. Gobiernos, mercados, juzgados y cárceles tienen a agentes artificiales involucrados en el proceso de toma de decisiones. Un préstamo hipotecario, una revisión de condena, un seguro médico; el resto de tu vida queda en manos de la máquina.

En Wired, Cade metz menciona los progresos de una inteligencia artificial ubicada en los cuarteles de Google que compite contra sí misma. Forma parte del concepto denominado GAN, o Generative Adversarial Networks. Algoritmos enfrentados entre sí para mejorar, gladiadores electrónicos luchando en una batalla sin fin.

En el otro lado del campo de batalla, Yann LeCun dirige grupos de tecnólogos e investigadores en Facebook para mejorar la inteligencia artificial que después será aplicada a la más poderosa de todas las redes sociales. LeCun también experimenta con el Adversarial Training: programas que aprenden los unos de los otros por comparación y enfrentamiento.

Las máquinas mejoran; las máquinas aprenden. Nos espera un futuro eficiente, con tecnología que adelanta nuestros deseos. Pero llegará, además, un punto en el que la velocidad de aprendizaje de las máquinas escape a nuestro control. ¿Qué sucederá cuando tres segundos de operaciones brinden más habilidad que toda una vida en el sistema educativo? ¿Qué moralidad tendrá una inteligencia que se mejora a sí misma cada instante? ¿Qué pasará cuando no podamos correr tanto como ella y quedemos atrás?

El párrafo anterior tiene mucho de especulativo. Sin embargo, cuando dejo mi teléfono en la mesita de noche y espero a que los sueños crucen por las puertas de cuerno y de marfil, recuerdo cómo empieza La guerra de los mundos:

Nadie habría creído en los últimos años del siglo XIX que este mundo estuviera siendo vigilado estrechamente por inteligencias más grandes que las del hombre y, sin embargo, tan mortales como las suyas; Que mientras los hombres se ocupaban de sus diversas preocupaciones eran escudriñados y estudiados, tal vez casi tan estrechamente como un hombre con un microscopio podría escudriñar las criaturas transitorias que se multiplican en una gota de agua.

Cabe desear que el amanecer de esta nueva forma de vida no conlleve el despertar de una mente fría y calculadora que, ante la futilidad de nuestra existencia, comience a trazar planes contra nosotros.

Frankenstein contra la neutralidad: Internet y redes móviles en Filipinas

Noche en Manila

Con la llegada de la administración Trump, todo parece indicar que asistiremos al fijado de los últimos clavos en el ataúd de la neutralidad de la red. El siguiente capítulo en una larga batalla que enfrenta a quienes apuestan por un servicio universal, justo y no discriminatorio, con los defensores de una red a dos velocidades y un listado de ofertas y restricciones que pueden abarcar el infinito.

Desde el comienzo de la lucha, se han planteado hipótesis y escenarios en los que la neutralidad de la red desaparece como tal. Sin embargo, no necesitamos recurrir a futuribles o la especulación cuando podemos revisar un caso real, en el que la neutralidad ha sido aniquilada de una forma sutil, pero muy inteligente: el caso de las redes móviles en Filipinas.

Cien millones de personas pueblan este grupo de islas en el Sudeste Asiático. Con unas perspectivas económicas en crecimiento según datos del Banco Mundial, la ‘Perla de Oriente’, como la definió el literato José Rizal, uno de sus padres fundadores, es un hervidero de música, selfies y mensajes SMS. El uso de los teléfonos móviles supera ya los 33 millones, con previsiones todavía más alcistas; no sorprende, dado que las redes sociales son el método preferido de los filipinos para comunicarse con los diez millones de compatriotas que trabajan en el extranjero: los denominados overseas workers. Considerados héroes, suponen uno de los pilares económicos del país debido al dinero que aportan a sus familias.

Pero los sueños de una red neutral en el país han topado con un gran problema: la infraestructura móvil es deficitaria y está gobernada por lo que sería un equivalente al monopolio de las empresas eléctricas en españa. Dos grandes compañías, Globe y PLDT, se reparten el pastel.

Los “Gigas extra” y el frankenstein de las ofertas

En una sociedad donde la pobreza alcanza al 21.6% de la población, las operadoras han optado por una solución salomónica: trocear las aplicaciones más utilizadas en su red y empaquetarlas en promociones con reserva de datos extra para las mismas. Un vistazo a las “ofertas” ofrecidas por Globe y SMART (filial de PLDT para el mercado móvil) resulta más reveladora que cualquier descripción adicional que podamos añadir. Para una mejor orientación y aproximando el cambio de divisas, los 50 pesos filipinos son el equivalente a 1 euro, mientras que 500 pesos podrían equivaler a 10 en nuestra moneda comunitaria.

Tarifas de Smart
Ofertas de Smart
Tarifas de Globe
Ofertas de Globe

La cosa tiene todavía más enjundia si revisamos GoSAKTO, un sistema de promociones ofrecido por Globe Telecom en el que el propio usuario puede “construir” su propia tarifa y añadir datos extra al grupo de aplicaciones que desee utilizar.

Promociones de Globe
Parece una de esas parodias mostradas en campañas pro neutralidad de la red, pero es real

¿Hay ventajas?

Una rotura de la neutralidad como esta, puede provocar algún beneficio aparente para los bolsillos más humildes: aunque el saldo se te acabara, todavía podrías seguir utilizando messenger para comunicarte con tus amigos, ya que la mayoría de las promociones en caso de Globe siempre incluyen por ‘sorpresa’ datos gratuitos en Facebook. Además, las tarifas están segmentadas de tal modo que incluso puedes contratar 1 giga de datos por espacios tan cortos como un solo día por el precio de un euro.

¿Por qué afecta a la neutralidad de la red?

Video, música, chat, redes sociales, compras… No resulta muy complicado deducir que la competencia entre aplicaciones está siendo manipulada por las ventajas adicionales que, desde las compañías telefónicas, se otorgan a los grandes del sector.

En una red supuestamente neutral (hay pocas que, realmente, lo sean), el triunfo de cualquier aplicación emergente que haga sombra a los grandes no es tarea fácil. En el mundo de las redes sociales no vas al lugar que más te guste; vas al lugar en el que están tus amigos y contactos. En un entorno viciado por los operadores como el de la red móvil filipina, el triunfo de los nuevos se hace casi imposible.

Pero no son las apps emergentes el único sector perjudicado. Desde blogs especializados como Yugatech, explican que la preferencia que tienen las grandes telecos hacia Facebook afecta también a los creadores de contenido, que verán bloqueada cualquier salida a otra red donde el modelo de negocio no dependa de un algoritmo tan despiadado como el que gobierna nuestro muro de noticias.

Comprobamos, pues, que la muerte de la neutralidad puede adoptar muchas formas. Entre ellas, la de un oligopolio ansioso por ahogarnos en un mar de promociones fragmentadas. Si no queremos seguir el camino de la Perla de Oriente, mejor luchemos para que los gigas sean iguales. Para todo y para todos.